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DOLOR

El dolor de espalda genera cada vez más costes

JANO.es · 15 febrero 2008 08:28

A pesar de ello, un estudio norteamericano publicado en "JAMA" concluye que el nivel de alivio del dolor no ha aumentado

A estas alturas de la histeria colectiva, ya podemos afirmar que la equiparación de sexos, en lugar de traer libertad al sexo oprimido, ha extendido la esclavitud al sexo opresor. Hombres y mujeres nos hemos igualado en la servidumbre y el gregarismo, la majadería y el despoblamiento neuronal, convirtiéndonos en peleles o monaguillos de la moda, la corrección política, el papanatismo y otras tiranías presuntamente inofensivas. Mens stulta in corpore sano, parece ser el lema de este principio de milenio que alienta el descerebramiento epiceno o bisex. Si hasta hace unos años, el triunfo masculino podía resumirse anecdóticamente —pero en la anécdota se agazapa la categoría— en la capacidad que poseía el hombre para exigir a su pareja una observancia rigurosa de las dietas, sin tener que renunciar a sus propias adiposidades, la derrota del macho, lejos de propiciar la liberalización de la celulitis y la abolición de las liposucciones —esas herederas quirúrgicas de la faja—, ha universalizado las restricciones corporales, de manera que ya florece una generación de hombres mentecatos para quienes su perímetro abdominal se ha erigido en preocupación metafísica y fábrica de insomnios.

Creo que cualquier hombre que no haya aprendido a aceptar su barriga debería ingresar en un manicomio, o por lo menos en un gimnasio, esos manicomios con olor a sobaco. A mí, de pequeño, me horrorizaban tanto los gimnasios, con su despliegue de aparatos como potros de tortura o guillotinas o instrumentos para dar garrote, que fingía descalabros y esguinces para que mi médico de cabecera me declarara exento o inútil para realizar aquellas contorsiones. No hay tristeza tan aburrida como la de los gimnasios, si acaso la tristeza de Sísifo, aquel pobre desgraciado a quienes los dioses del Olimpo condenaron a malgastar estúpidamente su vida en la repetición monótona de un mismo esfuerzo —y la gimnasia tiene, desde luego, algo de condena de Sísifo resucitada—. Recuerdo que, cuando cumplí veinte años, empezó a despuntarme la barriga: al principio me acomplejé un poco, e incluso envidié a las mujeres, a quienes la gordura se les almacena en otra parte, pero pronto me acostumbré a vivir con aquel remanso abdominal, e incluso a sentirme orgulloso de su desparramamiento progresivo, en el que están compendiadas las muchas horas de gozoso sedentarismo que he consagrado a la lectura. Hoy, cuando ya he mediado la treintena, puedo anunciar con legítimo orgullo que la convivencia con mi barriga admitiría el epíteto de matrimonial, si no fuera porque los matrimonios casi siempre constituyen una antesala del divorcio, o por lo menos del conyugicidio.

Cada vez que me siento —y les prometo que la postura sedente es mi predilecta, en reñida competencia con la decúbito prono— me miro la barriga y le impongo las manos durante cinco o diez minutos, como si estuviese auscultando un embarazo, para que me transmita su fuerza indígena y orogénica, de manera que mi prosa nazca como una erupción, y no como esas prosas con truco que practican algunos asténicos. El cultivo de la barriga, además, proporciona una saludable noción del deterioro físico, en contra de lo que les ocurre a quienes, tras comprobar ante el espejo la lisura de sus vientres, se creen impermeables a otras decrepitudes y no vacilan en comparecer disfrazados de adolescentes, o en exhibir lastimosamente sus cuerpos entecos y esmirriados, como si la carne no poseyese otros mecanismos de delación, aparte de las grasas, para desenmascarar las plurales menopausias de la edad.

Los partidarios de la barriga sabemos que la vida es un lento y progresivo desmoronamiento, de ahí que hayamos elegido la forma más resignada y confortable de desmoronarnos. También sabemos que las dietas constituyen circunloquios de la tortura. Decía el gran Edgar Neville, gordo apoteósico y jocundo, que el único remedio infalible contra la gordura es un campo de concentración nazi. Como provocar una guerra mundial para recuperar la línea se nos antoja excesivo, los partidarios de la barriga nos limitamos a seguir cultivándola, con ese aplomo risueño de quienes contemplan los desvelos histéricos de los otros, empeñados en detener el reloj de su decadencia en los gimnasios, esas antesalas del patíbulo, o en adelgazar mediante el dolorosísimo sistema de la licuefacción, consistente en transformar cada caloría sobrante en una gota de sudor. Siempre es preferible morir víctima del colesterol que de unas retenciones biliares.

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